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Gun Violence and children • La violencia armada y la niñez

 


Español

A loss of innocence

By Magdalena I. García | Presbyterians Today

I was sent to the home shortly after the death to comfort a family I had never met. The case sheet read: young, male, black, single, Baptist, terminal cancer.

The GPS guided me deep into the heart of Chicago’s South Side. My destination was Englewood, a poverty-stricken area that often makes the headlines due to gun violence.

I arrived at the house. Like greeters at Sunday worship, those sitting on the front steps moved on cue and ushered me in. Steep stairs led to a second-floor apartment where I joined family at the bedside. Some were weeping; others, gently stroking the face of their beloved.

After the funeral home personnel arrived and lifted the deceased onto a stretcher, most relatives followed as he was carried down the stairs. I stayed upstairs with the elderly and the children. From the window, we watched the impromptu funeral procession. As we stood with our faces pressed against the glass, one small boy asked: “Is he dead?” I responded affirmatively, and he immediately fired back another question: “Was he shot?”

It’s not a question I was expecting, nor one that is traditionally discussed in pastoral care manuals. And yet it is an all too common question for those living on the city’s South and West Sides, where despite a slight decline in shootings in 2017 the rate of violent crimes, property crimes and quality-of-life crimes remains high. Englewood, for example, surpasses many of the world’s most violent cities in homicides.

As I left the home, I mourned the loss of safety and innocence that so many children have suffered due to gun violence, especially those who live in impoverished urban areas. And I prayed for a world where children of all colors could live and play without ever having to worry about anyone being shot.

The Rev. Magdalena I. García is a hospice chaplain for Vitas Healthcare in Chicago.


Una pérdida de la inocencia

Por Magdalena I. García | Presbyterians Today

Me enviaron a la casa poco después de la muerte para consolar a una familia que yo no conocía. La ficha de datos decía: joven, hombre, negro, soltero, bautista, cáncer terminal.

El navegador satelital me guió hasta el corazón del sector sur de Chicago. Mi destino era Englewood, una zona afectada por la pobreza que a menudo figura en los titulares debido a la violencia con armas.

Llegué a la casa. Como los ujieres del culto dominical, las personas que estaban sentadas en los escalones de la entrada se movieron justo a tiempo y me escoltaron al interior. Una empinada escalera conducía al apartamento del segundo piso donde me reuní con la familia junto a la cama. Algunos lloraban; otros acariciaban suavemente el rostro de su ser amado.

Después de que llegó el personal de la funeraria y colocó al difunto en una camilla, la mayoría de los familiares siguieron el cuerpo mientras lo llevaban escaleras abajo. Yo me quedé arriba con los ancianos y los niños. Desde la ventana miramos el improvisado cortejo fúnebre. Mientras que estábamos parados con los rostros pegados al cristal, un niño pequeño preguntó: «¿Está muerto?» Yo le respondí afirmativamente, y él inmediatamente soltó otra pregunta: «¿Le dispararon?»

No es una pregunta que yo esperaba, ni una que tradicionalmente se discuta en los manuales de cuidado pastoral. Sin embargo, es una pregunta muy común para quienes viven en los sectores sur y oeste de la ciudad, donde a pesar de un leve descenso en el número de tiroteos en el 2017, la tasa de crímenes violentos y de delitos contra la propiedad y contra la calidad de vida sigue siendo elevada. Englewood, por ejemplo, sobrepasa en homicidios a muchas de las ciudades más violentas del mundo.

Al salir de la casa, lamenté la pérdida de seguridad e inocencia que muchos niños y niñas han sufrido a causa de la violencia armada, especialmente quienes viven en las zonas urbanas empobrecidas. Y oré por un mundo en el que la niñez de todas las razas pueda vivir y jugar sin preocuparse jamás de que nadie sea baleado.

La Rvda. Magdalena I. García es capellana de hospicio para Vitas Healthcare en Chicago.


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